10 Mar, 2020 por

A don José un águila le presagió la muerte del hijo

El hombre criado en el campo nos explica que se trata de antiguas creencias mapuches. Qué pasó en los días previos a la muerte de Aigo.

POR GUILLERMO ELIA – policiales@lmneuquen.com.ar

Don José Aigo, papá de Cochele, dice antes de partir al cementerio que tiene otras cosas que hacer, pero en el fondo quiere mitigar un poco el dolor y la bronca. A él llegaron todos los presagios de muerte que le arrebataron al padre, al hijo y al nieto.

“Estas aves son exactas, nunca fallan”, advierte José sobre un águila de pecho blanco (“ñamku” en mapuche) y un lechuzón de campo (“nuco”) que le anunciaron las desgraciadas pérdidas.

El hombre criado en el campo nos explica que se trata de antiguas creencias mapuches. “Cuando a uno le va a pasar una desgracia, el ñamku te da la espalda. Lo usábamos más que nada para cuando teníamos que buscar algún animal, nos guiábamos por el águila. Para el lado donde estaba dando el pecho, íbamos para allá y lo encontrábamos, lo mismo cuando le va a pasar algo a la familia”, detalla el hombre.

El aviso del águila

El anuncio del crimen de Cochele le llegó unos días antes, estima que fueron unos cuatro días antes. “En un poste frente a la casa se paraba un águila que estaba triste y nos daba la espalda. Para donde uno iba, el águila te daba la espalda. Esto se lo conté a Clarisa (la esposa) y ella también la vio de espalda cuando se iba al trabajo”, recuerda José, que a los pocos días se enteró del asesinato a quemarropa de su hijo.

Lo mismo le ocurrió cuando, tiempo después, un nuco se acercó a la casa. “Cuando viene es porque va a haber un cadáver, y a los seis meses falleció mi nietito. Cuando murió mi padre, también: salgo de la cocina de la casa vieja y de pronto me gritó, y a los dos meses murió mi padre de un infarto”, relata don José, quien cuando mataron a Cochele se sumió en una profunda depresión de la cual le ha costado salir.

Don José está asqueado del sistema porque nadie le dio una respuesta. “Nosotros seguimos remal. La Justicia se rió de nuestra familia (dice por la decisión judicial de absolver a Fernández). Lo único que hacen es venir a versearnos cada vez que es el aniversario de la muerte de nuestro hijo. Nosotros somos unos viejos ignorantes y pobres, porque si hubiésemos tenido plata para pagar un abogado particular a lo mejor otra sería la cosa. Yo les voy a creer cuando me digan ‘acá están los asesinos’ y les vea la cara”, concluye don José, e intenta con mucho esfuerzo reprimir las lágrimas, pero el sentimiento puede más y llora.

«Quisiera saber si está orgulloso de mí, de cómo voy yendo en la vida»

Habla Malén Aigo (18), hija del policía asesinado. Recuerda cómo vivió a sus 10 años el crimen de su papá y describe la necesidad imperiosa de tenerlo junto a ella en la actualidad.

Malén Aigo tiene 18 años y está terminando la escuela técnica. Su vida está atravesada por el crimen de su padre, el sargento José Eduardo Aigo, que ocurrió la madrugada del 7 de marzo de 2012 cuando ella dormía junto a su madre con tan solo 10 años. Los asesinos materiales son guerrilleros chilenos, Jorge Antonio Salazar Oporto y Alexis Alfredo Cortes Torres, quienes continúan prófugos y sobre los cuales hay una recompensa millonaria vigente.

La joven tiene una angustia que la ahoga pero a la vez una necesidad imperiosa de hablar, y así queda plasmado en nuestro encuentro.

Son las 22:30 del martes 3 de marzo. Fue una jornada de mucha actividad para LMN en Junín de los Andes, donde charlamos con familiares y amigos del sargento o Cochele, como todos le decían. Estamos arribando a San Martín para hacer noche. Malén no estaba en los planes, pero la cordillera tiene ese no sé qué que parece convertir este encuentro en algo místico.

Ella sabe que estamos a trasmano, pero decide viajar de Junín a San Martín, 50 kilómetros, para hablar con nosotros de su padre, del caso Aigo. Conmueve verla llegar con las fotos de su papá y la seguridad que muestra sobre su futuro. Tiene 18 años y ha estado obligada a crecer de golpe, cosa que no debiera pasarle a ningún niño.

La pesadilla

“Recuerdo que fuimos esa noche a dejarlo al trabajo (al puesto de tránsito que se ubica sobre la Ruta 40 en el ingreso a Junín). Siempre que mi papá no estaba en casa a la noche, tenía que dormir con mi mamá por miedo y porque siempre fui muy pegota a mi papá”, aclara la joven.

“Me desperté sola en medio de la noche, mi mamá no estaba y mi tía me había ido a buscar. Me dijo que había pasado algo muy feo y nunca imaginé que sería esto”, cuenta. Esa noche salió de la cama y se vistió para luego subirse al auto de la tía, con destino incierto hasta ese momento.

“Cuando llegué al hospital, recuerdo que vi un montón de sirenas, gente y policías corriendo para todos lados. Después, cuando entré, vi el cuerpo de mi papá y a mi mamá y mi hermano llorando destrozados. No caía en lo que pasaba, creía que estaba soñando y no podía parar de llorar y gritaba asustada con el cuerpo de mi papá lleno de sangre en una camilla”, describe la escena que quedó grabada a fuego en su memoria.

“Ahí, mi mamá me dice que lo habían matado. Recuerdo que lo toqué y alguien, creo que un tío, me sacó de la sala porque me dormí llorando en su casa”, agrega. Así acabo esa terrible madrugada para Malén, pero no el día.

“Desperté llorando y tenía a mis primos al lado. Ahí caí en que habían matado a mí papá, pero recién entendí que estaba muerto cuando lo vi dentro del cajón en el velatorio y después cuando lo enterramos en lo de mis abuelos (donde hay un cementerio familiar)”, recuerda. Esa despedida selló en su pequeño ser la idea de que su papá ya no estaba.

Crimen e impunidad

De todo lo ocurrido, de cómo los chilenos ejecutaron a corta distancia al padre y se dieron a la fuga por un cañadón en Pilo Lil, nada sabía ni podía entender.

“En ese momento yo tenía 10 años y no entendía bien qué le había pasado. Luego estuve durante todo el juicio (a Juan Marcos Fernández y su esposa por falso testimonio y encubrimiento), tenía 14 años. Tampoco entendí bien lo que pasaba ahí”, cuenta la conmovedora Malén.

“Con el tiempo me fui enterando y fue entendiendo lo que pasó. Leí muchas notas de los diarios, las entrevistas que le hacían a gente que estaba vinculada al caso y las cosas que me iba contando mi familia”, relata. Así empezó a reconstruir la suerte que en desgracia había tenido su padre esa madrugada del 7 de marzo de 2012.

Toda la impunidad que rodea el caso la afecta y es lógico. “Ahora se me hace todo mucho más difícil porque voy entendiendo más las cosas. Estoy en una etapa en la que entiendo que tuve que madurar y crecer sola y cumplir un rol que no era de niña, tuve que crecer a los 10 años y ahora me cuesta más estar sin él. Recuerdo egresar de la primaria y no tener a mi papá, en mi cumpleaños de 15, ahora que voy a egresar de la escuela técnica y voy a ir a la facultad, yo no lo tengo a él”, dice la joven, mientras las lágrimas descienden por su rostro.

Llegamos al punto intenso de la entrevista, donde las sensaciones están a flor de piel. Es ahí donde Malén confía que después de tanto dolor atravesado, hoy necesita más que nunca a su padre, en cuerpo y alma, con un corazón que lata y con esos brazos que solían darle tanta seguridad y ahuyentarle los miedos en las noches. “Yo quisiera saber si está orgulloso de mí, de cómo voy yendo en la vida. Yo sé que él me acompaña, pero ahora es cuando más lo necesito”, dice, y se quiebra mientras el silencio cordillerano nos devuelve el eco de su llanto.

El peso del apellido y su futuro

“Siempre que digo mi apellido me identifican con mi papá, además de por el parecido. Siempre les cuento que a mi papá lo asesinaron, que pasamos por juicios, marchas, viajes a Neuquén, nos reunimos con la presidenta, y que nadie hizo nada”, afirma la joven.

“A futuro me veo como agrónoma, con una vida en el campo, acá en Junín, como a mi papá le hubiese gustado”, asegura Malén.

En la actualidad, para seguir, cuenta con su familia. “Me apoyo mucho en mi hermano, mi mamá y su pareja. Ellos están siempre, mi hermano en especial, con quien vivimos juntos en Junín”, comenta.

Con su mamá últimamente tuvieron sendas charlas donde fluyen los recuerdos de su papá, que ella atesora en su memoria. “Las salidas al río con asados, mis cumpleaños, que él se esmeraba festejando, y cuando me cumplía los caprichos los domingos en la casa de mis abuelos”, concluye.