4 May, 2020 por

La cuarentena de Ricardo: soledad y naturaleza en un rincón de la cordillera

Un empleado del Parque Nacional Lanín relata su aislamiento por la pandemia del coronavirus desde el remoto paraje Hua Hum. (Por Mario Cippitelli)

No son muchas las personas en el mundo que se asoman por la ventana de su casa y ven a un puma sentado en el muelle contemplando el lago, una familia de jabalíes hociqueando los pastos del jardín o la silueta de un ciervo solitario recortada en el horizonte.

Ricardo Druck es uno de esos pocos privilegiados. Vive en un lugar mágico, rodeado de un entorno natural de ensueño donde los únicos sonidos que se escuchan son los del viento, la lluvia o el canto de los pájaros. Así pasa sus días en épocas de pandemia.

La cuarentena por el coronavirus lo encontró aislado en el paraje Hua Hum, en el Parque Nacional Lanín, un santuario de mil especies animales y vegetales que le da cobijo y también trabajo, porque Ricardo se desempeña como guardaparque y guía en el lugar, además de realizar investigaciones históricas sobre hechos y personajes que poblaron ese rincón de la cordillera.

A los 61 años sabe que debe cuidarse del peligroso virus, pero también es consciente de que el riesgo de contagiarse es lejano, simplemente porque vive solo y porque la población más cercana está ubicada a 50 kilómetros de su casa. En toda la región hay apenas unos 500 pobladores esparcidos por distintos lugares, muy alejados unos de otros, casi escondidos por la geografía del lugar.

“En esta época del año, el panorama no cambia mucho. Siempre estoy aislado, pero en verano veo a muchísimas personas”, asegura desde su casa, aprovechando que la compañía telefónica le extendió gratuitamente el “roaming” por la pandemia. Este servicio es el que se utiliza cuando alguien viaja al extranjero y quiere comunicarse con su teléfono como si estuviera en su país. Ricardo no vive en el extranjero, pero está muy cerca. El remoto paraje cordillerano está a 500 metros del paso Hua Hum que comunica a la Argentina con Chile.

En tiempos normales, Ricardo recibe a miles de turistas que llegan desde distintos países a conocer la región. Además de las maravillas naturales que se pueden apreciar allí, como las playas de cada lago, los senderos entre los bosques o las cascadas, también está el Castillito Van Dorsser, un edificio de madera construido por colonos holandeses en 1936 para que allí funcionara un destacamento policial. Por aquellas épocas era muy común el robo de ganado, aprovechando las vías de escape hacia Chile. De ahí la necesidad de levantar un edificio. Seguramente, nadie en ese momento se imaginó que esa construcción hecha con los árboles del lugar se convertiría en un ícono del paraje y también en un museo de sitio.

Ricardo conoce cada rincón del castillo como si fuera su propia casa, aunque su residencia está en el mismo predio y es mucho más chica. Está a 50 metros del río Hua Huam y a 100 metros del lago Nonthué, dos espejos de agua maravillosos que son parte de su paisaje cotidiano. “Mi casa es chica, pero el jardín tiene 12.000 hectáreas”, bromea. Pero realmente es así, porque en el lugar no hay límites que dividan jardines o terrenos; ni siquiera barrios. El Parque Nacional Lanín es una enorme extensión de montañas y bosques con 24 lagos. Uno de ellos, el Lácar, es el único que cruza hacia el océano Pacífico, luego de angostarse y convertirse en el lago Nonthué para finalmente cruzar la cordillera como el río Hua Hum.

La pequeña casa donde vive Ricardo no tiene los servicios que tendría una vivienda de cualquier ciudad. Un grupo de paneles solares le permite tener electricidad. El agua la tiene que ir a buscar al río y un zepelín de gas le da la posibilidad de cocinar y calefaccionarse, aunque en esta época también necesita leña.

“Durante todo marzo estuve cortando y trozando troncos de a 30 centímetros para poder abastecerme”, explica. Para cubrir ese servicio, Ricardo necesita el equivalente a una camionada de leña. Por eso tuvo que hacer unos diez viajes en su camioneta para traer la madera y acopiarla para estos meses donde el frío ya está presente y se siente con mucha intensidad.

En estos días de cuarentena, Ricardo se cuida más que antes, aunque la densidad de población en ese paraje sea casi insignificante. A 500 metros hay una hostería que ahora está cerrada, el puesto de Gendarmería tiene un movimiento discreto porque el paso internacional también está clausurado y el guardaparques que está a medio kilómetro se dedica a recorrer la zona en su vehículo, tratando de controlar que no haya furtivismo. Suele juntarse –ahora no- todos los miércoles con los empleados de la Aduana. Antes de la cuarentena se reunían para cenar y charlar, como para que la soledad en ese rinconcito cordillerano sea un poco más llevadera. Ahora esos encuentros se postergaron “Como soy persona de riesgo, estoy de licencia cumpliendo mi cuarentena. Estoy escaneando documentos históricos, leo, veo televisión satelital, escucho música y preparo muestras para cuando se termine todo esto”, asegura.

La vida de Ricardo es tranquila, acaso porque sus rutinas también lo son. Todos los días se levanta a media mañana, prepara café, enciende el fuego y desayuna con Radio Nacional, la única frecuencia que “engancha” en esa zona. Después escucha a través del equipo de radio las novedades que hay en el parque y planifica su jornada. Dedica tiempo a la lectura y a la escritura (ya escribió dos libros), prepara exposiciones históricas, revisa papeles viejos y hace las tareas domésticas ya que, aunque su hogar es pequeño, siempre necesita un poco de orden. También realiza trabajos de mantenimiento en el castillito y, por supuesto, disfruta el hermoso entorno natural que tiene.

La única gran aventura que tiene Ricardo en estos tiempos es salir a hacer las compras. Por la pandemia, las autoridades recomiendan hacerlas en el almacén más cercano. Para él, los comercios de proximidad están en San Martín de los Andes, a 50 kilómetros. Todos los miércoles elabora una larga lista de productos que revisa una y otra vez, para asegurarse de que no le falte nada, y hacia allá viaja en su camioneta. “Si cuando estoy regresando me olvido los fósforos o la sal, me puede llegar a agarrar un ataque”, dice y lanza una carcajada. Para cumplir con este trámite, se va temprano a la mañana para llegar a la ciudad apenas abre el supermercado. De esta manera, aprovecha la prioridad que tienen los mayores de 60 años para poder hacer las compras sin tanto gentío. “Por suerte ahora tengo heladera y puedo cocinar y guardar en el freezer. En otras épocas de guardaparques tenía una fiambrera donde había que colgar la carne afuera; ahora estoy mucho más burgués”, reflexiona.

Ricardo tiene el aislamiento natural incorporado. Desde que en 1981 llegó al sur desde su Buenos Aires natal, su comportamiento se fue adaptando al clima y a la geografía del lugar. De a poco, sin darse cuenta, se fue convirtiendo en un hombre de montaña, no más callado, porque le encanta charlar y comunicarse, pero sí más reflexivo, especialmente en las épocas cuando llega el frío y necesariamente tiene que guardarse en soledad.

¿Cómo le cambió la vida la pandemia del coronavirus? “El aislamiento social cuesta un poco más”, reconoce, pero dice que no le preocupa demasiado. Tampoco se hace las preguntas de la mayoría sobre cómo será el mundo después de la pandemia o cuánto se modificarán los hábitos de la gente.

Ricardo es consciente de que vive en un lugar especial, distinto a cualquier pueblo o ciudad, donde el bosque explota en mil colores en otoño, la naturaleza se hace escuchar a cada minuto con sus sonidos y silencios, y los animales son parte del vecindario.

Sabe que en estos tiempos de cuarentena no sería nada raro que un día cualquiera, en su rutina de asomarse por la ventana o salir de su casa, se encontrara con la mirada de un ciervo, con una familia de jabalíes hociqueando en su jardín o con un puma sentado en el muelle, contemplando el lago, mirando cómo pasa la vida.