28 Ene, 2019 por

Meliquina, donde el tiempo se detiene

Foto: Patricio Rodríguez

 

Para ir a Meliquina (o Meli, como le dicen por acá) desde San Martín tomás la Ruta 40, el camino de los Siete lagos hacia Villa La Angostura, todo asfaltado. Después de unos de 24 km (unos 35 minutos) está el cruce de la Ruta Provincial 63. Ahí, donde el ripio dice presente, justito en el puesto de Gendarmería. Agarrás esa ruta por la izquierda, medio tímido te sigue el río Hermoso en sus corridas finales. Unos 6 km después, a la primera entrada al lago, siempre a la izquierda. Un camino vecinal y a los 1000 metros aparece el gran lago Meliquina. Gran por lo espectacular, no por su tamaño.

Ahí, donde el río Hermoso se entrega a sus profundidades, comienza el encanto. En esta cabecera, agreste en su totalidad, podés descansar, bucear, nadar, pescar, remar, bajar con tu bote o lancha para salir a navegar, todo bajo el maravilloso entorno natural. Bien tempranito, o ya entrando la tarde-noche el placer se multiplica, los colores se potencian y solo el ruido de las aves, la luna llena que se muestra a veces y la naturaleza te van a acompañar para el disfrute total de la Patagonia lacustre. Apenas hay en la zona unas 10 casas, de uso mayormente turístico.

Si seguís unos 5 km más por el camino de ripio, casi a mitad del lago esta la península, el lugar elegido por los locales. Ya con algunas casas más, de uso cotidiano, encontrás unas paradisíacas playas con aguas profundas y de un azul intenso, reparadas de casi todos los vientos reinantes, y de una paz casi total, ya que son pocos los que visitan esta área.

En la otra cabecera, en donde el lago se termina y da comienzo el río Meliquina, se asienta “la villa”, a unos 15 kilómetros desde la Ruta 40.

En estas playas tenés un parador, alquiler de kayaks y tablas de stand up padel, bajada de lanchas. Además de practicar los deportes de remo, podés aprovechar los días ventosos para el disfrute del windsurf y el kite surf.

Aquí la villa invita al sueño de vivir en el paraíso, sin gas natural, sin servicio de electricidad (se usan pequeños molinos o turbinas para generarla), con agua natural de vertientes. Aquí los tiempos se apaciguan, el reloj pasa a ser casi invisible y la ruta una ancha calle principal por unas cuantas cuadras. A ambos lados se desarrolla la vecindad.

En la villa viven unos 350 pobladores permanentes, hay bomberos, una sala de primeros auxilios, una proveeduría, locales gastronómicos, inmobiliaria, un lodge para pescadores, y hasta internet por aire. Hasta aquí el camino de ripio está bueno, pasa la máquina periódicamente.

Si tenés ganas de continuar paseando y conocer lugares increíbles, podés seguir por la misma ruta, unos 20 km más y llegás a Casa de Piedra (una cueva natural con pinturas rupestres, que fuera morada de los habitantes hace miles de años) y el río Caleufu, con sus cajones naturales, de geografía prehistórica, unos rápidos furiosos y por momentos unos plácidos pozones de aguas verde esmeralda, rodeados de las montañas más caprichosas de la zona, con sus formas mágicas y puntiagudas moldeadas por el viento y las lluvias.

No te olvides de regresar con la basura que generes, no hay recolección. Y si vas a prender fuego que sea en lugares permitidos, en verano el riesgo de incendio es extremo. ¿Vas a ir? Preparate para disfrutar de esta maravillosa parte de la Patagonia!

 

Fuente: Diario Río Negro