8 Feb, 2020 por

Meliquina, sueños de una vida autosustentable hechos realidad

A sólo 40 kilómetros de San Martín de los Andes y a 22 del Cerro Chapelco, nos encontramos con Meliquina, una pequeña localidad que cada vez parece tener más adeptos y residentes que abandonaron enormes ciudades para vivir en primera persona una experiencia difícil de contar con palabras.

Hoy Meliquina está habitada por unas 50 familias que decidieron instalarse de forma permanente y que, con su trabajo, hacen que la Villa sea lo que es. Se abastecen de energía mediante un grupo electrógeno, energía eólica y energía solar, no hay señal de celular, ni tienen gas natural, agua potable, recolección de residuos, ni cloacas, pero a pesar de lo sacrificado que eso pueda ser, cada vez más gente considera a Villa como la tierra donde pudieron concretar sus sueños.

Susana Tilkin, desde los lotes en los que fundó con otras tres familias lo que hoy es Avataras Avataras, habló con Lácar Digital y nos contó cómo cultivan la tierra, crían sus patos y gallinas, ordeñan la vaca que les da la leche con la que hacen  sus helados, cremas y dulce de leche casero. En casi 3 hectáreas tienen su propia colmena, preparan dulces y conservas, estudian las variedades que pueden crecer en la zona y se alimentan de los vegetales que allí mismo cultivan.  Además generan su propia energía y utilizan sus desechos orgánicos para elaborar el compost que nutre sus cultivos. 

“Fue realmente una elección de vida intensa, venir de Buenos Aires a San Martín de los Andes. La llegada a Meliquina recién se pudo producir en el año 98, cuando empezamos a colonizar este lugar que era absolutamente agreste, limpiando los terrenos y después armando una huerta para abastecer el restaurante que teníamos en San Martín” nos cuenta Susana, orgullosa de los logros obtenidos después de tantos años de trabajo.

Mele es quien nos llevó de paseo por el gran predio, contándonos de la enorme variedad de especies que allí cultivan, mostrándonos el invernadero de 300m2 que en esta época está en su esplendor y detallando que, por ejemplo, lograron desarrollar 25 especies diferentes de tomates, todo a fuerza de prueba y error.  

Susana continúa con el relato y explica que “también damos talleres de huerta y estamos rescatando y difundiendo alimentos que se habían perdido y son muy importantes para la salud”. Ya nada queda de las expresiones típicas que se ven en una ciudad ajetreada como es Buenos Aires. Todos ellos viven en armonía con el entorno que los rodea. Se suman Vale y Ana, que también trabajan en este proyecto y asienten ante los comentarios de Tilkin, sobre todo su conclusión de que “fue una decisión intensa pero con mucha recompensa”.

Quienes viven en Meliquina han aprendido a convivir adaptándose a ese entorno natural ya que, como dice Tilkin “te vas adaptando a los ciclos de la naturaleza  y a lo que te brinda en cada estación. Lo orgánico va al gallinero y lo que no puede ir ahí va a la compostera, donde están las lombrices californianas. De ahí se saca el abono para volver a las huertas, es todo un ciclo natural” Basta con ver las felicidad de sus rostros para soñar con lanzarse a dicha aventura. “La gente se tiene que animar de a poquito, porque es un cambio de vida que implica esfuerzos, pero tiene muchas recompensas” sentenció.

Nuestro paseo no podía pasar por alto una escala en la costa del Lago que le da nombre a la localidad y luego transitar su calle principal, donde se ubican varias hosterías, alguna despensa y algunos emprendimientos donde los lugareños comercializan sus dulces, conservas y chocolates caseros.  Llegamos a “Cinco Sentidos” y allí nos recibieron Mauro y Yose, para contarnos que escaparon de la euforia de la gran ciudad para concretar aquí el sueño de la Casa de Té propia, donde las delicias que elaboran se sirven en la vajilla que viene de la familia, y donde los ingredientes utilizados para la elaboración de la pastelería que ofrecen también son orgánicos y en su mayoría generados por ellos mismos.

Para esta pareja oriunda del Gran Buenos Aires, también “hay que trabajar el triple para que todo funcione, desde lo más básico que es abrir la canilla y que salga agua, hasta tener calefacción, todo conlleva un trabajo extra”, declaró Mauro, acá “primero hay que hacer el trabajo previo para que después se pueda cocinar y hacer todo lo demás”. Aún así, la lista de sueños sigue y están trabajando para poder ampliar su emprendimiento y brindar alojamiento a visitantes y turistas que recorren la región.

Los sacrificios están a la vista, pero ninguno de nuestros anfitriones se encuentra cansado, arrepentido o incómodo con todo aquello que, a los ojos de un bicho de ciudad, parecería imposible de tolerar, pero como dijo Mauro: “No lo es, tampoco es fácil, pero más que nada, hay que animarse!”