«Me mató de cuatro tiros y le echó la culpa al diablo»

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A siete años de su muerte y resurrección, Magnolia Salas contó detalles de su nueva vida y las secuelas del intento de femicidio que sufrió. Por Guillermo Elia

Magnolia Salas hoy tiene 25 años, pero tranquilamente podría estar por cumplir siete, porque la madrugada del 27 de noviembre de 2016 su ex pareja, el cabo de la Policía Alejandro Lagos, irrumpió en su departamento del barrio San Lorenzo y acribilló a tiros a su amigo Javier Soto (34) y después lanzó una ráfaga de cuatro disparos más contra Magnolia, que murió ingresando al hospital regional pero resucitó luego de que un médico le abriera el pecho y tomara su corazón con las manos para hacerle un masaje cardíaco.

El calvario no terminó ahí. Después tuvo que lidiar con las heridas de su cuerpo, la muerte de su amigo, los prejuicios de su familia y el entorno, la causa judicial, el hostigamiento de Lagos desde la cárcel y, mientras tanto, criar a su pequeño hijo.

Encuentro

Dar con Magnolia no fue una tarea sencilla. Ella no figura en ninguna red social, se cambió de casa y también el número de celular. Tiene toda una vida nueva, pero con secuelas del horror padecido por la conducta obsesa y paranoide de su ex.

“¡Qué rápido pasa el tiempo! ¡Se van a cumplir siete años!”, manifestó con asombro Magnolia, que parece disociada de aquella situación extrema a la que sobrevivió.

“Cuando lo repaso, es como si le hubiese pasado a otra persona. Entré muerta al hospital. A veces me pongo a pensar que mi hijo fue el motor que me ayudó a sobrevivir”, aseguró la joven

“Me quemaba el cuerpo

Los 15 segundos que duró la escena de Lagos irrumpiendo en la habitación y los detalles de todo lo que ocurrió los tiene grabados en la memoria con una nitidez que por momentos la abruma.

“Me acuerdo de todo lo que pasó, entró y dijo ‘así los quería encontrar’, y nos disparó. Él se fue creyendo que yo estaba muerta porque me dijo cosas feas como justificando por qué me había matado. ‘Esto te pasa por puta’”, confió Magnolia.

“A mí me quemaba todo el cuerpo. Terminé tirada, no me podía mover, mi hijo se acercó llorando. Entró el dueño del departamento que alquilaba, se asustó y salió. Supongo que él llamó a la Policía. Yo sentía que me ahogaba (con sangre) al tratar de respirar. Me llevaron envuelta en el acolchado a la ambulancia, lo último que escuché fue ‘se nos va la paciente’, me pusieron una mascarilla y listo”, detalló la joven con gestos que dan cuenta de la tremenda experiencia.

“Estuve en terapia intensiva siete días. Cuando desperté, tenía el plano de que a Javi le había disparado primero que a mí, así que preguntaba por él, tenía la ilusión y la esperanza de que así como yo sobreviví, él también estuviera vivo”, confió Magnolia, que reveló que su historia con Javier Soto estaba comenzando a fluir cuando Lagos entró en escena.

“Con Javi estábamos en algo, no había un plan. Éramos dos jóvenes sin compromisos que nos estábamos conociendo y había deseo. Desgraciadamente, su familia también depositó la culpa en mí y no me quieren. Yo cuando lo siento suelo ir al cementerio a visitarlo. La última vez que fui, justo estaba su familia. La mamá me miró y se largó a llorar, y su hermana me echó. Me hizo sentir re mal. Desde ese momento, no fui más”, reveló la joven, que entiende el dolor de la familia de Soto, pero el recelo hacia ella también duele.

La culpa

En un tramo de la charla sumamente interesante, Magnolia se refirió a la reacción de su entorno después de la tragedia, y aquí el relato obliga a tener una mirada amplia para poder comprender.

“Durante mucho tiempo me sentí culpable de todo”, advirtió Magnolia, que de entrada dejó claro que tras sobrevivir a la balacera no recibió el apoyo que esperaba. “Mi familia no estuvo acompañándome como era esperable, y me aferré a mis amigos y mi hijo”, dijo.

“Yo iba al supermercado y había personas que me decían ‘vos sos la chica a la que el policía encontró con otro’. Fue demasiado el prejuicio, incluso en la escuela”, recordó.

¿Qué entró en juego en esa situación? Una familia machista que veía en Lagos una suerte de protector por ser varón y policía que se hacía cargo de Magnolia y su hijo, que no era de él porque el padre biológico había desaparecido y jamás aportó una sola cuota alimentaria.

Esa mirada de época –porque hoy sería prácticamente inconcebible que se juzgue a una mujer desde ese lugar– estaba instalada en su entorno, por eso Magnolia no tiene redes sociales, para proteger su privacidad.

“Llegué a tener mucho miedo de salir a la calle y me ayudaron mucho los profesionales de Atención a la Víctima, que incluso me pusieron una suerte de acompañante para poder realizar algunos trámites porque me costaba salir de casa”, agregó Magnolia.

A la traumática experiencia vivida se sumó un entorno que depositó la culpa en ella, corriéndola del lugar de víctima. «Yo era la culpable, la puta, todo era yo. Fue muy feo y me generó mucha angustia, y en eso también me ayudó mucho ir al psicólogo para elaborarlo», detalló.

Dios, el diablo y Lagos

En cuanto a su relación con Lagos, Magnolia reconoce que hubo cosas que no supo manejar porque era muy joven y no las advertía.

“Él de repente caía a mi casa a las 3 de la madrugada y me decía que se había escapado de la guardia para traerme un chocolate. En ese momento yo no dimensionaba que me estaba controlando. Me aisló de todo vínculo para que por cualquier mínima cosa que necesitara, tuviera que recurrir a él. Solo tenía que ser él. Fue horrible todo. Me metía cosas muy evangélicas, de la unión, la pareja y el castigo de Dios. Me escribía desde la cárcel diciendo que lo tenía que perdonar porque a él se le había metido el diablo. Me mató, mató a una persona, que no venga a justificarse con el diablo”, recordó. ¡Qué bárbaro!

Miedo

Cuando proyecta hacia adelante, Magnolia sabe que en su futuro le esperan cosas buenas, pero también la libertad de Lagos. Eso la estremece a tal punto que su cuerpo se entumece al hablarlo.

“Me da miedo. De hecho, hasta he pensado en irme de la provincia. Es todo muy injusto para mí, pero sé que la ley es así”, reconoció la joven.

El miedo de Magnolia es lógico y entendible. De la cárcel saldrá el hombre que le ejecutó cuatro tiros con una pistola 9 milímetros a menos de 60 centímetros de distancia. Literalmente, fue una ejecución. A esto se suma que acribilló de seis tiros a su amigo y que estaba en el lugar su pequeño hijo, al que por suerte no se le cruzó por la cabeza dispararle.

“Tengo miedo, no sé qué pueda llegar a hacer”, señaló Magnolia, y la pregunta flota.

A partir de marzo de 2024, Lagos accederá a determinados beneficios de acuerdo con la ley 24660 de progresividad de la pena.

Del dolor y las heridas

Al poco tiempo de salir del hospital, en diciembre de 2016, Magnolia intentó volver a trabajar cuidando a una abuela, pero los dolores de las lesiones que sufrió en el pecho y la cadera no cesaban.

“Me dolían mucho las heridas. Fui al hospital y me dijeron que me volviera a casa y que hiciera reposo porque por dentro estaba todo regenerándose. La lesión de la cadera es súper dolorosa. Los días húmedos son terribles porque el fémur da directamente contra la cadera, ahí perdí toda la parte cartilaginosa. Por ahora, no me recomiendan una prótesis porque duran 10 años, así que a futuro me van a tener que operar para ponerme una”, detalló Magnolia, que tiene una leve renguera al caminar que trata de disimular, pero a veces el dolor es más fuerte.

En 2021, el único proyectil que le había quedado alojado en el cuerpo se le corrió hacia la zona del glúteo. «Me dolía mucho y se me hizo una pelota. Me toqué y sentía algo metálico, así que fui a la guardia del hospital. Me hicieron una pequeña incisión y me sacaron el proyectil, los médicos estaban asombrados”, reveló.

La nueva vida

Cuando volvió a su casa para hacer reposo, Magnolia acusó recibo de la situación en la que se encontraba y tuvo que reaccionar.

“Decidí hacer un curso de uñas, me gustó, terminé especializándome y hoy tengo mi propio gabinete en mi casa, donde atiendo a mis clientas. En paralelo, terminé el secundario. Hoy corro con mi trabajo, la escuela y las actividades de mi hijo”, sonrió Magnolia.

Pero ese impulso inicial del movimiento la llevó a seguir creciendo. “Me dije ‘tengo que seguir estudiando’, y opté por la tecnicatura superior en acompañamiento terapéutico”, contó Magnolia, que anhela poder hacer algunos viajes con su hijo. Incluso, reveló que en los primeros meses de 2017 fue a Bariloche con su hijo para salir del horror en el que había estado sumergida y ahí se reconectó con la naturaleza. “Me di cuenta de que estaba viva”, dijo con los ojos brillantes.

Como canta Litto Nebbia: “Dicen que viajando se fortalece el corazón, pues andar nuevos caminos te hace olvidar el anterior. Ojalá que esto pronto suceda, así podrá descansar mi pena hasta la próxima vez”.

Magnolia abandona la redacción después de una larga charla. Renguea, sonríe y sigue hacia adelante. ¡Está viva!

Celina Fernández: “La culpa se depositó sobre ella”

Celina Fernández es la abogada que acompañó en todo el devenir judicial a Magnolia. Entre ellas se construyó un vínculo que está por encima de lo jurídico. Celina es como una hermana mayor y eso se nota durante la charla.

Pero como profesional, Celina pone en palabras los duros momentos que tuvo que atravesar Magnolia tras convertirse en una suerte de milagro de vida.

“Fue un momento difícil el que tuvo que vivir por la construcción machista del núcleo familiar de Magnolia. Era muy juzgada en ese momento. Era ella la que estaba con otro pese a que la relación había terminado. Pero en ese momento, ella era vista como ‘una puta’ por su entorno. La culpa se depositó sobre ella”, detalló la abogada.

“El juicio ayudó en ese contexto a cambiar esa variable y expuso las cosas que sucedían en torno al vínculo y cómo estaba ella. Toda la información que se tenía se pudo analizar desde otra visión. Ya no era juzgar a una piba de 18 años, sino entender desde cuándo él la había hecho parte de su entramado de violencia psicológica, económica, con distintos ardides para controlarla y aislarla de todos sus vínculos”, explicó Fernández.

El caso de Magnolia provocó un cambio. “Hoy hay menos tolerancia a esos discursos que ponen la culpa sobre la víctima, en ese sentido hemos evolucionado”, resumió la letrada.

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