Sección: Cuentos compartidos
Desde el Laboratorio de Finales Improbables nos encanta cuando algo que empieza como una búsqueda termina transformándose en una voz propia. En esta nueva entrega de Historias al pie de la montaña presentamos a un joven autor que ya ha escrito decenas de cuentos, varios de ellos premiados en concursos literarios locales.
Francisco Santillán tiene trece años y una relación muy viva con la imaginación: lee, escribe y dibuja como si todo formara parte del mismo mapa. A veces explora con palabras, otras con tinta y color, pero siempre vuelve al mismo territorio: el de las historias que incomodan un poco… y atrapan mucho.
El relato que hoy compartimos, «El que ve cosas», se mete de lleno en esa zona incómoda donde la realidad empieza a resquebrajarse. No es solo una historia de terror: es también un recorrido por la percepción alterada, por la presión del grupo, por esa frontera frágil entre lo que vemos y lo que creemos ver.
También queremos destacar algo más: la portada que acompaña esta columna es obra del propio Francisco. Escritura e ilustración dialogan, se potencian y empiezan a delinear una identidad creativa muy personal.
Como talleristas, acompañamos cuestiones técnicas —ritmo, escenas, manejo del suspenso—, pero lo que nos sorprende con cada relato es el compromiso con la historia, la decisión de ir hasta el final con una idea y animarse a sostenerla.
Creemos en estos espacios donde escribir es probar, equivocarse, ajustar y volver a intentar.
Los invitamos a leer a Francisco.
A dejarse llevar por su mundo.
Y a mirar dos veces, por las dudas…
EL QUE VE COSAS
Resulta que las cosas se detenían, y luego volvían a mí; nublaban mi visión, era como una ceguera oscura, con pequeñas y transparentes luces que apenas dejaban ver las cosas. No recuerdo muy bien cómo eran; eran formas de colores apagados, grises, con muchos brazos, con ojos y bocas con dientes afilados por todas partes. Eran monstruos, o cosas… pero nada más. El oftalmólogo me dijo que vaya al psicólogo, que aquéllas cosas no existían, como es de esperar, que era una cuestión mental, psicológica, pero que podía afectar el modo en que mi mente procesaba las imágenes que mis ojos captaban.
Con el psicólogo mejoraron las cosas; las figuras se notaban más transparentes, me dejaban ver el mundo, mi alrededor, y percibirlo con mi mente y ojos, de forma más clara y precisa. Todo empeoró cuando fui a pasear con unos amigos, que hoy recuerdo como seres macabros que, junto conmigo, no tenían más cosas que hacer que atormentar a otros, como mis visiones; hacer maldades, vagar… Más bien, estábamos perdidos en la edad, la confusión y los pensamientos egoístas que, si no pertenecías al grupo o no fraternizabas con nosotros, deberías perecer. Yo más bien los seguía, los imitaba, forzaba mi moral para cometer esas cosas que yo, desde el lugar más primitivo de mí jamás haría. No era gozo, era sufrimiento psicológico tanto para mí como para las personas que hacíamos perecer.
Una noche de ese verano, tan seco y tan agobiante, fuimos juntos a molestar a una casa vieja, con aspecto sucio y oscuro… se podía apreciar cómo el sol huía de la casa para esconderse, temeroso, debajo del horizonte con relieves montañosos; pero nosotros no nos escondimos: como lo tarados que éramos decidimos entrar. Más bien decidieron entrar; y yo, cobarde, como siempre, obedecí. Yo sentía una presencia oscura, algo que no cuadraba; o quizás eran mis visiones. No puedo decirlo con toda certeza, no sé si ellos lo vieron, o sintieron igual que yo. Después de todo, estaba casi ciego de realidad. Mi confusión me dejaba tieso, como con algo que decir en la punta de la lengua pero, asimismo, tan… confundido, perdido, quieto como un tonto.
No obstante, puedo justificar que las cortinas se movieron, el viento golpeaba las ventanas rotas, haciendo que entre una ráfaga helada que acariciaba mis pies y rostro, dándome escalofríos y perturbándome hasta el borde de mi tímida locura, casi inexistente para el resto e inexpresiva para el mundo. Las puertas chirriaban, golpeaban contra su marco.
El viento, ahora más fuerte, revolvía las ramas de los árboles, que rasgaban el techo sobre el cual corrían ratas. Esto duró solo unos segundos, porque luego todo calló, dejé de oír el viento, las ratas se quedaron quietas, todo se heló…
Me quedé quieto.
—¡Eh! ¡Ven aquí, cobarde! ¿Por qué no vienes, tarado? ¿Te dan miedo las ratas? —me gritaron algunos de mis compañeros.
—¿Qué? NO… —respondí.
—Entonces ven, IDIOTA.
Avancé. Subí hasta donde estaban ellos, los seguí hasta la habitación de la puerta que golpeaba su marco y entré. Caminaban en cuclillas, yo los imité. Vi que se acercaron a una esquina, la derecha, donde había una especie de bulto… algo cubierto con mantas sucias y roídas por las ratas. Yo, en el fondo y detrás de ellos, no podía ver claro. Pero me agaché y observé entre sus gruesas piernas, como de mastodontes; y pude ver unos cabellos que salían de abajo de las mantas y una botella. Creo que era vino. En los pies del bulto, bien escondido, había algo metálico, que brillaba… también era filoso.
Vi como uno de mis compañeros, el más tonto del grupo, se acercaba al vino… y amagaba a sacarle la botella de la mano del vago.
Bajé corriendo por las escaleras, sin hacer ruido. Oí un grito ronco, seco, creo que era del vagabundo. Pude ver, desde cierto ángulo, la puerta de arriba abierta, y cómo el viejo le arrancaba la botella de la mano y la rompía contra la cara de mi “amigo” y luego atacaba al resto de mis compañeros con el arma.
La sangre caía por las escaleras. Ninguno se había salvado. Corrí, sigilosamente, hacia la salida. La sangre seguía cayendo, como un río rojo. Intentando escapar, abrí la puerta despacio, pero emitió un chirrido que delató mi presencia. Oí golpes cercanos. No distinguía si eran pasos o las ratas huyendo. Giré mi cabeza y vi una sombra que por momentos parecía el viejo y otros, una de mis visiones. En su mano izquierda cargaba un hacha, que goteaba sangre. No corrí. El tiempo se detuvo pero el anciano no. Avanzó hacia mí, levantando el arma; ya no sabía si era la realidad o uno de mis monstruos. El más perturbador de todos, sin duda.

FRANCISCO SANTILLÁN
Nació el 8 de noviembre de 2012, en C.A.B.A, vive en San Martín de los Andes desde 2014.
Ama leer, escribir y dibujar. Es fanático de Edgar Allan Poe y Oscar Wilde.
Publicó su primer cuento en 2024, en el XVI concurso literario del Centro Editor Municipal de SMA, participando también en el XVII, recibiendo el 3er puesto de su categoría.
Hay una pregunta que queda vibrando después de leer el cuento: ¿cuánto de lo monstruoso está afuera… y cuánto nace adentro?








