Un emblema natural que define la identidad de la Patagonia neuquina.
A pocos kilómetros de Junín de los Andes, siguiendo la Ruta Nacional 40 y la Ruta Provincial 60 hacia el paso internacional Mamuil Malal, el Volcán Lanín se alza como un guardián eterno en el corazón de la cordillera patagónica. Con sus 3.776 metros de altura, es uno de los paisajes más imponentes del Neuquén y de toda la Patagonia argentina.
Hay lugares que no se visitan: se sienten. Dentro del Parque Nacional Lanín, el volcán domina el horizonte y regala una postal distinta en cada estación. Blanco y majestuoso en invierno, vibrante en primavera, intenso en verano, profundo y melancólico en otoño.
Rodeado de bosques milenarios de araucarias, lengas y ñires, su entorno es un verdadero santuario natural. A sus pies, el lago Tromen refleja su silueta perfecta como un espejo patagónico y se convierte en uno de los rincones más fotografiados de la región. La biodiversidad se expresa en cada detalle, en un paisaje profundamente ligado a la cosmovisión del pueblo mapuche, para quienes el Lanín es un sitio sagrado, cargado de energía y respeto ancestral.
El Volcán Lanín invita tanto a la contemplación como a la aventura. Senderos de baja y media dificultad permiten recorrer sus alrededores y conectar con la naturaleza a paso lento, mientras que el ascenso a la cumbre —reservado para montañistas experimentados y con guías habilitados— propone una experiencia inolvidable que combina esfuerzo, técnica y emoción.
Visitar el Lanín es vivir la Patagonia en su máxima expresión: silencio, inmensidad, aire puro y una belleza que deja huella. Un emblema del Neuquén que invita a volver, una y otra vez.







